SER HUMILDES NOS HACE GRANDES
Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él
os exalte cuando fuere tiempo; echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque
él tiene cuidado de vosotros. 1ª. Pedro 5:6-7.
La humildad es ausencia completa de orgullo, o en este caso, total sumisión a Dios. Es muy sintomático observar en la conducta de la mayoría de personas, incluyendo a cristianos, resistirse a la total entrega a nuestro Señor, porque siempre se cae en la trampa de pensar que nosotros podemos solucionar los problemas que nos aquejan, usando el propio criterio y capacidad humanas. No es sino hasta que las cosas se complican que principiamos a considerar la posibilidad de buscar ayuda y consejo de parte de nuestro Padre Celestial.
No obstante, el Espíritu Santo, siempre está tratando de acercarnos al Señor, para que al reconocer nuestra necesidad y humillarnos ante su bendita presencia, recibamos la ayuda oportuna.
Es importante señalar que la disposición de humillarnos, debe ser “bajo la poderosa mano de Dios”. Qué privilegio tan especial, el poder hacerlo nada menos que bajo la poderosa mano del único Dios, quien ha diseñado una estructura espiritual tan completa, que nos cubre integralmente mediante la manifestación operativa, de los cinco ministerios establecidos a favor de toda la Iglesia.
De manera que la mano de Dios, representa la acción de los ministerios representados por, Apóstoles, Profetas, Evangelistas, Pastores y Maestros.
Son los cinco ministerios los que ministran la fuerza y el poder del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo; residiendo en ellos, como representación de la mano de Dios, el hacer grande y el dar poder a todos, según lo decretado en 2º. Libro de Crónicas 29:12: Las riquezas y la gloria proceden de ti, y tú dominas sobre todo; en tu mano está la fuerza y el poder, y en tu mano el hacer grande y el dar poder a todos.
Además, la mano de nuestro Dios es para bien sobre todos los que le buscan. Esta verdad, animó a Esdras a no pedir al rey de Persia, tropa y gente de a caballo que los defendiesen del enemigo en el camino hacia Jerusalén, porque ellos mismos habían proclamado el gran poder de la mano divina a favor de todo su pueblo. De la misma manera, la iglesia de Cristo debe estar totalmente segura que al humillarnos bajo la poderosa mano de Dios, él nos protegerá en todas nuestras jornadas, de todo enemigo que se quiera levantar contra los redimidos de Jehová.
Pero es necesario saber que Dios nos exaltará “cuando fuere tiempo” o “a su debido tiempo”. Entonces existen dos tiempos bíblicos; uno que está marcado por nuestra actitud humilde ante el Señor, y el otro que representa el accionar divino, cuando las circunstancias lo ameriten.
Lo que deber quedar bien claro es que, a toda acción hay una reacción. Si nos humillamos ante Dios, el mismo Dios nos exaltará.
Entre la humillación y la exaltación, existe un espacio de tiempo que debe ser llenado con una verdadera convicción de que nuestro Señor, nos es hijo de hombre para mentir, ni hombre para arrepentirse de lo que ha prometido. Nuestra fe en su Santa Palabra, nos fortalecerá para caminar con buen ánimo, hacia la conquista de nuestras metas y sueños puestos en las manos de nuestro bendito Señor Jesucristo.
La forma práctica de hacerlo es: echando toda nuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de nosotros”.
La ansiedad, como un estado de inquietud del ánimo, nos estorba en el desarrollo de nuestros emprendimientos, dando lugar al temor y a la duda que minan nuestro ánimo, hasta despojarnos de la fortaleza necesaria para conquistar nuestros sueños. Es allí, donde quien se ha sometido al Señor, tiene la potestad de reposar en él, sabiendo que su poderosa mano, no solo lo bendecirá para hacerlo eficaz en todas sus tareas, sino creará la defensa oportuna contra toda adversidad.
Sigamos pues, el consejo del Apóstol Pedro, humillándonos cada día, bajo la poderosa mano de Dios, y sin duda alguna, él nos exaltará en el momento requerido por las circunstancias que se salen de nuestro dominio. Que así sea.
La humildad es ausencia completa de orgullo, o en este caso, total sumisión a Dios. Es muy sintomático observar en la conducta de la mayoría de personas, incluyendo a cristianos, resistirse a la total entrega a nuestro Señor, porque siempre se cae en la trampa de pensar que nosotros podemos solucionar los problemas que nos aquejan, usando el propio criterio y capacidad humanas. No es sino hasta que las cosas se complican que principiamos a considerar la posibilidad de buscar ayuda y consejo de parte de nuestro Padre Celestial.
No obstante, el Espíritu Santo, siempre está tratando de acercarnos al Señor, para que al reconocer nuestra necesidad y humillarnos ante su bendita presencia, recibamos la ayuda oportuna.
Es importante señalar que la disposición de humillarnos, debe ser “bajo la poderosa mano de Dios”. Qué privilegio tan especial, el poder hacerlo nada menos que bajo la poderosa mano del único Dios, quien ha diseñado una estructura espiritual tan completa, que nos cubre integralmente mediante la manifestación operativa, de los cinco ministerios establecidos a favor de toda la Iglesia.
De manera que la mano de Dios, representa la acción de los ministerios representados por, Apóstoles, Profetas, Evangelistas, Pastores y Maestros.
Son los cinco ministerios los que ministran la fuerza y el poder del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo; residiendo en ellos, como representación de la mano de Dios, el hacer grande y el dar poder a todos, según lo decretado en 2º. Libro de Crónicas 29:12: Las riquezas y la gloria proceden de ti, y tú dominas sobre todo; en tu mano está la fuerza y el poder, y en tu mano el hacer grande y el dar poder a todos.
Además, la mano de nuestro Dios es para bien sobre todos los que le buscan. Esta verdad, animó a Esdras a no pedir al rey de Persia, tropa y gente de a caballo que los defendiesen del enemigo en el camino hacia Jerusalén, porque ellos mismos habían proclamado el gran poder de la mano divina a favor de todo su pueblo. De la misma manera, la iglesia de Cristo debe estar totalmente segura que al humillarnos bajo la poderosa mano de Dios, él nos protegerá en todas nuestras jornadas, de todo enemigo que se quiera levantar contra los redimidos de Jehová.
Pero es necesario saber que Dios nos exaltará “cuando fuere tiempo” o “a su debido tiempo”. Entonces existen dos tiempos bíblicos; uno que está marcado por nuestra actitud humilde ante el Señor, y el otro que representa el accionar divino, cuando las circunstancias lo ameriten.
Lo que deber quedar bien claro es que, a toda acción hay una reacción. Si nos humillamos ante Dios, el mismo Dios nos exaltará.
Entre la humillación y la exaltación, existe un espacio de tiempo que debe ser llenado con una verdadera convicción de que nuestro Señor, nos es hijo de hombre para mentir, ni hombre para arrepentirse de lo que ha prometido. Nuestra fe en su Santa Palabra, nos fortalecerá para caminar con buen ánimo, hacia la conquista de nuestras metas y sueños puestos en las manos de nuestro bendito Señor Jesucristo.
La forma práctica de hacerlo es: echando toda nuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de nosotros”.
La ansiedad, como un estado de inquietud del ánimo, nos estorba en el desarrollo de nuestros emprendimientos, dando lugar al temor y a la duda que minan nuestro ánimo, hasta despojarnos de la fortaleza necesaria para conquistar nuestros sueños. Es allí, donde quien se ha sometido al Señor, tiene la potestad de reposar en él, sabiendo que su poderosa mano, no solo lo bendecirá para hacerlo eficaz en todas sus tareas, sino creará la defensa oportuna contra toda adversidad.
Sigamos pues, el consejo del Apóstol Pedro, humillándonos cada día, bajo la poderosa mano de Dios, y sin duda alguna, él nos exaltará en el momento requerido por las circunstancias que se salen de nuestro dominio. Que así sea.
